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Tiempo que resta para el Lunes Santo, día en el que sale nuestro paso a la calle.

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LÁGRIMAS DE ARREPENTIMIENTO... (Pedro Rguez Perdomo)

LAGRIMAS DE ARREPENTIMIENTO Y PERDÓN DIVINO

Cuando el agitado cimbrear de las hojas de palma y el vibrar de ramas de olivo aún se mantienen recientes en nuestro recuerdo. Cuando la agonía pasional del  Huerto de los Olivos aún nos estremece hasta el más íntimo sentimiento, llega el Lunes Santo y con él, lágrimas de arrepentimiento y perdón divino.


            En algunos minutos, serán las diez de la noche y poco a poco, los fieles, se van dando cita en la puerta trasera de El Salvador. Lo que en un principio parecía una calle solitaria, cubierta por las sombras y las tenues luces de la noche en nuestra ciudad, es ahora reunión de fieles dispuestos a acompañar a Jesús, en su recorrido pasional por nuestras antiguas calles principales. Calles cargadas de historia y de noches de perdón como esta, en las que Cristo sale a nuestro encuentro, impaciente por salvarnos.
Quedan aún unos pocos minutos para poder hablar con Él. Con esa intención, nos adentramos en el templo y allí en el altar mayor, estará esperándonos el Cristo del Perdón. En silencio, asistimos al sobrecogedor alarde de fe, amor y belleza artística, que configuran este paso procesional. En el centro del paso, Cristo es cautivo. La elegancia de su apostura, su mansedumbre y una mirada llena de amor, nos hablan de un hombre cuyo origen es el Cielo, nos hablan de la dicha de Dios entre nosotros. Con una leve torsión de  su cabeza mira a Pedro y a toda persona que se le acerca, con una mirada dulce, llena de amor y comprensión, llena de fe y esperanza en nosotros, siendo como somos, con nuestros defectos y nuestras virtudes, a pesar de que, en algunas ocasiones, nuestras actitudes ante la vida, no hacen otra cosa que apretar aún más la cuerda que ata sus manos cautivas. A la izquierda, un gallo altanero que canta, confirma la profecía que esa misma noche, durante la Cena Pascual, Jesús había pronunciado sobre lo que sería la futura actitud de su discípulo. A la diestra, San Pedro de rodillas, mira con desconsuelo a Cristo, sus manos de recio pescador, se unen para acentuar aún más su arrepentimiento.  Llora su amarga pena y con él llora también la candelería, en el crepitar de sus luminarias, lágrimas de cera de color rojo sacramental. Las flores en  esmeradas formaciones, pondrán una nota de ofrenda de colorido y suaves aromas al Cristo que nos perdona, al Cristo que nos redime, al Señor que nos ama.


             La contemplación de esta escena, hace que broten, sin que nos lo propongamos, oraciones de nuestra alma. Por quien más las necesite. Por la paz en el mundo. Por Don Fernando Estévez de Sacramento, que en un gesto de amor , supo de forma magistral, mostrarnos lo que Dios había hecho crecer en su corazón de poeta de la gubia. Y por tener la dicha Señor, de tenerte siempre a nuestro lado.
El estandarte, como guía procesional, y la cruz parroquial, acompañados de ciriales, en actitud premonitoria de lo que va a ocurrir, se mueven nerviosos, se agolpan a la salida y en breves instantes inician su desfile.


            La agitada actividad silente de los cargadores, nos indica que ha llegado la hora. El milagro se producirá de nuevo y Cristo volverá a caminar entre nosotros, llevándonos en un ensueño, a vivir los Misterios de la Pasión en nuestra pequeña, recoleta y particular Jerusalén palmera.


            Camina ya por el interior del templo, en espiritual silencio y se planta bajo el arco de la puerta trasera. En ese momento, un redoblar continuo de tambores, proclaman a la concurrencia que Cristo es reo a muerte. Jesús vuelve a caminar, sortea acaracoladas escaleras y cuantas barreras se ponen en su camino, se detiene ya en la calle y con Él, el grave toque de los tambores. El Señor del Perdón está ahora a la vista de todos. Las luces del exterior caen con sus caprichos de artificiales brillos sobre este compendio arte itinerante al servicio de la fe. Todos, sin excepción, contemplamos este paso de misterio. El noble rostro de Cristo, pleno de radiante fulgor, no permite el más mínimo recelo, ¡ es Dios quien está aquí entre nosotros. No les quepa la menor duda!. La contemplación de este momento, hará que seamos capaces de reconocerle en el rostro de los miles de Cristos que continuamente pasan o se establecen en nuestra vida diaria, que nos necesitan como también nosotros les necesitamos a ellos.
Cristo camina ahora entre nosotros, con el andar lento y cadencioso que le dedican, con todo mimo, sus cargadores, al compás de los sones de recios tambores y valientes trompetas o de los poemas musicales de las dolorosas marchas de las bandas de música. Al tiempo que los faldones del paso, con señera elegancia de movimiento pendular, dan fe de ello.


            El Señor del Perdón, ha dejado atrás la calle Pérez Volcán para girar y entrar en la Avenida El Puente. ”Elegancia Divina” son las palabras que mejor definen este momento. Discurre el paso entre dos aceras prietas de fieles que le acompañan.


            Dos filas de luces de fe escoltan a Cristo que,  al entrar en la entrañable calle trasera, se unirán más y al igual que ellas, todos los presentes. El desfile se nos presenta más intimo. La proximidad física no es más que una representación gráfica de lo que, cada vez más, va ocurriendo en nuestra alma. Unidos más a Jesús, más a nuestros hermanos, continuamos hablando con Él, sin perderle de vista, sin dejarle un momento.


            En la Calle Real, el continuo movimiento de los incensarios, exhalan aromáticas nubes de la preciada resina que, cual oraciones, propagan su ofrenda para subir luego hacia el estrellado cielo de la noche del Lunes Santo. Dios camina entre nosotros y somos plenamente conscientes de esta dicha. Miramos a Pedro y sin darnos cuenta, nos vamos reconociendo en su actitud anterior. ¿Cuántas veces te habré negado Señor?. Con mi forma de pensar y de actuar que no tienen nada que ver con las que debería tener un seguidor tuyo. Poco a poco iremos tomando el puesto de Pedro, que nos representa a todos, al que llegamos a entender en su humana flaqueza, aunque no compartamos su anterior actitud (y el que se crea libre de pecado...). Y como él, nos arrepentimos y tenemos el firme propósito de cambiar todo eso que nos aleja de ti Señor. Interiormente, nuestras manos adoptan la misma postura que las de San Pedro y con toda la confianza en su infinito amor pedimos perdón a Dios.


            La procesión continua con su cadencioso discurrir por nuestras calles, llevando a todos el aliento,  la compasión, la comprensión y el perdón. Habremos entrado ya por los tortuosos  recorridos de Garachico  y Pérez Volcán, para llegar de nuevo a la Avenida de El Puente y a poco más, girar para tomar la Calle Real hacia la Plaza de España. Aún en el lugar de Pedro, levantamos la cabeza y nos encontramos de frente con el divino perdón de tu rostro, que nos redime de toda  angustia, que nos habla de la felicidad de estar a tu lado Señor. Lo que antes era aflicción, es ahora consuelo, descanso para el alma.


Unos pocos escalones y estamos ya en la Plaza de España. La música suena ahora con un cierto tono de despedida, nosotros a tu lado, hacemos todo lo posible por no apartarnos de tu mirada Señor.
 Un descanso y de nuevo, con paso decidido, subes, de manera valiente y majestuosa, la garbosa  verticalidad extrema de unas escaleras que parecen querer llevarte al cielo y que por obra del esmero de tus cargadores, al prestarte sus pies, flotas más que caminas. Y te darás la vuelta, Jesús del Perdón, para no dejar que se vayan tus hijos sin un saludo cariñoso de despedida. Arremolinados, apretados en torno a una escalera y una dulce y vieja plaza, te veremos pasar el arco de la puerta principal de El Salvador.  Y así, atrio y entrada, plaza y  fieles, tristes se quedan esperando de nuevo tu salvífico paseo por estas calles ahora desiertas.


Sin pensarlo, movidos por el fervor, en un último intento por no apartarnos de Él, con la premura que da el saber que algo bueno nos espera, entraremos al templo y rezaremos en fraternal unión.
Luego, en el silencio del templo, se establece un diálogo mudo de palabras pero pleno de sentimientos. De tus ojos Señor, quise ver como una lágrima asomaba a tus mejillas, pero que nunca vi caer. Y enredado en mis fantasías, embriagado de Dios y de arte, sentí que por mi cara caía, en húmedo recorrido, esa lágrima bendita que de tu divino rostro se desprendía y con amor me regalabas.
Bendito Lunes Santo en el que, ya tarde en la noche, nos vamos a casa con el alma tranquila y sosegada, siendo perdonados por Dios, como también nosotros hemos perdonado a los que nos hayan ofendido y con la alegría de haberte encontrado, de haber hecho contigo el camino. Sabiendo que lo que hoy celebramos como Pasión y Muerte, ha dado como resultado, para siempre, Resurrección y Vida Eterna.


Y de vuelta en nuestros hogares, hacemos una reflexión: Somos capaces de encontrarnos con Jesús en las oraciones particulares y comunitarias, y en todo tipo de celebraciones, en el interior del templo. Pretendemos estar siempre a su lado e intentamos dar buena muestra de nuestra condición de seguidores suyos, en nuestra vida cotidiana. Pero en cuanto se nos pide que le acompañemos, en su caminar por nuestras calles, ponemos todo tipo de excusas para evitar dicho acto. No seamos como Pedro, cuando negó al Maestro ante los demás. Seamos más bien como Juan, el apóstol valiente, que acompañó siempre a Cristo, o como el mismo Pedro que, a pesar de su error, supo arrepentirse y ser defensor incansable y testigo fiel de  La Palabra. Seamos misioneros que, con nuestra presencia en los actos procesionales, siguiendo en sus representaciones a Cristo, a la Virgen y a los Santos, demos testimonio público de nuestra fe y llevemos el mensaje de nuestro Dios Vivo al mundo.

            A todos, Paz y Bien. ¡ Feliz Pascua de Resurrección !.