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Tiempo que resta para el Lunes Santo, día en el que sale nuestro paso a la calle.

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FESTIVIDAD SAN SEBASTIÁN

20 de Enero (Ermita San Sebastián)


La Onomástica de San Sebastián se celebra el día 20 de Enero.  Dicha festividad se conmemora con una solemne función religiosa en Honor al Santo, tras la cuál se canta su Himno por los vecinos, teniendo lugar posteriormente, por el popular barrio de San Sebastián (también conocido como el barrio de La Canela) la solemne procesión. La fiesta actual si bien dista mucho de lo que fue, según relatan los vecinos del lugar, comienza a resurgir, poco a poco, sobre todo después de que durante varios años no se celebrará  por encontrarse el Santo en proceso de restauración. La imagen de San Sebastián,
importada de los Países Bajos, data del primer tercio del siglo XVI, aunque su cabeza  fue remodelada por el palmero Aurelio Carmona en el último cuarto del siglo XIX. Es una escultura de madera policromada de 115 cm de alto, atravesada por trece saetas de plata traídas de Indias hacia 1642. La diadema de plata que porta data de 1574. Su última restauración a tenido lugar a principios de este siglo por el taller de Restauración del Excmo. Cabildo Insular de La Palma. Al paso procesional de San Sebastián lo acompañan cuatro hermosos ángeles- obra del imaginero palmero Aurelio Carmona López- los cuáles portan los símbolos del Santo: La palma del martirio, las flechas, un casco romano y una corona de flores.

El Glorioso mártir San Sebastián y su olvidad Ermita del Barrio de "La Canela".

Estribillo  del Himno a San Sebastián

 

                   Esta preciosa ermita, que ya existía en 1535, se erigió a espaldas de El Salvador, en la zona alta de la capital palmera, en esquina con la calle real que subía a Buenavista y que atravesaba para Santo Domingo. En un informe de 1542 ya Luis de Belmonte citaba al barrio de San Sebastián. Se confirmaba así que la fábrica ya estaba erigida, ya que no es creíble que esta zona diera nombre a la iglesia, sino ésta a aquél.


                   No hay noticias de su fundación, pero ya la visita del Obispo Deza en 1558, deja constancia en el Libro primero de Inventarios que está en el altar una ymagen de bulto de glorioso mártir San Sevastián con treze saetas de palo doradas metidas por el cuerpo. Otra curiosa referencia que hacen los visitadores eclesiásticos es la de la existencia de una cofradía formada por negros en 1571.


                   Nada tienen que ver aquellas fiestas de enero en el barriode empinadas y empedradas calles de “La Canela” con las actuales. La onomástica del que fuera “Santo Patrono de la Salud Pública” tiene lugar cada 20 de enero. Los actuales festejos se limitan a varias eucaristías, al peculiar repique de campanas, al lanzamiento de voladores y a la procesión del Santo por los lugares de costumbre dentro del barrio durante la cual se queman algunos fuegos artificiales.


                   Afortunadamente no se ha perdido el emotivo momento de la interpretación del Himno a San Sebastián del maestro palmero Alejandro Henríquez Brito (1848-1895) momentos previos a la procesión. Más de una lágrima es vertida entonces por aquellos nostálgicos o devotos vecinos en recuerdo a lo que había  y ya no hay, por los que estaban y ya no están.
                   Una vez libre La Palma del cólera morbo que causó estragos en Gran Canaria en junio de 1851, para lo cual se había efectuado una serie de rogativas al Santo, la venerada imagen regresó a su templo desde El Salvador, donde había tenido lugar el solemne octavario.


                   Ya en 1650 el Cabildo de la Isla había jurado la fiesta de San Sebastián, acordando asistir siempre en corporación a su ermita por haber liberado a La Palma también de la peste.


                   Una de las campanas fue vendida al vecino templo de El Salvador en tiempos del mayordomo García Gorbalán y en 1638 el campanero y calderero Pedro Gutiérrez se obligó a hacer una nueva por 225 reales. La espadaña actual cuenta con dos campanas que son alegremente repicadas durante las fiestas patronales. El repique de don Javier – el carpintero-  es muy popular en la ciudad y se diferencia del resto del de las demás iglesias.


                   Otra curiosidad fue que la loca María Ruiz, la misma que había lanzado un vaso de excremento al paso del Nazareno en marzo de 1679, un zapato a un sacerdote mientras éste decía misa, una piedra a la procesión del Santo Sepulcro, también había tirado con un palillo de un sapato al Glorioso San Sebastián.


La Guardia Civil se estableció en enero de 1899. Seis miembros habían llegado el día 22 y marcharon por la tarde en la procesión del santo, dando escolta al trono y al alcalde.


                   Gracias al mayordomo José Pérez Ramírez en 1870 se reformó el oratorio, que ya se hallaba en un precario estado de abandono y deterioro. Después de las obras, el pequeño templo se consideró como la ermita más decente de esta población. Las obras concluyeron en 1876. Tiene sólo una nave con capilla mayor, diferenciada tanto en el interior como en el exterior. Se trata de una simple construcción con típica armadura de tipo mudejárico.


                   La capilla fue embellecida interiormente con las pinturas murales del prestigioso pintor madrileño Ubaldo Bordanova en 1899. La nueva sacristía se había terminado en 1866.


                   El actual retablo mayor, ahora completamente blanco y de estípites, se construyó en 1778 y vino a sustituir el antiguo, vendido por el visitador Alfaro de Franchy. En el nicho superior del actual se colocó a finales del siglo XIX el relieve La Imposición de la casulla a San Ildefonso, del polifacético Antonio de Orbarán y que anteriormente estuvo situado en un altar colateral dedicado a aquel santo ya en 1589. Otro relieve tallado en honor de San Antonio Abad del mismo autor ya no se conserva.


                    En la hornacina central del retablo mayor, escoltado por la talla de candelero de La Inmaculada y la delicada escultura de influencia montañesina de San Francisco de Asís – fechable a finales del XVII-, se venera la  efigie del santo soldado. Una talla de 115 cms de alto atravesada por trece saetas de plata traídas de Indias por el capitán Marcos de Urtusaústegui, que vinieron a sustituir las flechas doradas y aderezadas por Blas Hernández en 1558. La imagen está coronada por una espléndida diadema de plata indiana que data en 1574. En el último cuarto del siglo XIX el mayordomo José Pérez le donaba la actual corona.


                   Al soldado, nacido en Milán, se le representa como un joven imberbe. Llegó a ser oficial de las cohortes pretorianas del emperador Maximiano (286-305). También fue oficial de la guardia palatina del cruel Diocleciano, soberano que ordenó su ejecución. Se le representa atado por detrás al tronco de un árbol y ofrece su noble torso a las flechas de los verdugos. De este martirio se salvó milagrosamente, según su hagiografía, y lleno de valor, volvió a presentarse al tirano donde manifestó de nuevo su fe por lo que fue azotado hasta morir.


                   Las llagas del mártir fueron retocadas a principios del siglo XIX y se le hizo una nueva peana. Se inició también la costumbre de adornar la imagen con una corona y una banda de flores. Su cara fue remodelada a fines de aquella centuria por el escultor palmero Aurelio Carmona, actuación que se consideró desafortunada. En nuestros días se hizo precisa una nueva restauración en el Taller del Cabildo para liberarlo de los insectos xilófagos que atacaron la delicada talla.


                   Acompañando al santo en sus andas procesionales se entronizan cuatro hermosos angelitos, obra de Carmona, que portan los símbolos del martirio: la palma, una corona de flores, una flecha de plata y un casco romano. Estos le acompañan en la hornacina donde se guarda el resto del año.


                   Persisten en la escultura una serie de rasgos gótico tardíos, como la típica “S” descrita por el desplome de la figura al descargar su peso en una sola pierna, manteniendo la otra flexionada; la inclinación hacia delante de la cabeza, de perfecto tallado; cierta despreocupación anatómica y modelo acartonado del paño de pureza, surcado por rígidas dobleces de ritmos angulares. Todo ello nos permite incorporarla al grupo de las piezas flamencas importadas de los Países Bajos meridionales en torno al primer tercio del siglo XVI.


                   En la ermita se conserva en su retablo-hornacina, realizado entre 1705 y 1711, la excepcional escultura de Santa Catalina de Alejandría, procedente de los talleres de Amberes de principios del XVI y que recibía culto en la ermita homónima al lado del Castillo Real de su nombre y desaparecida en 1907. De este mismo templo procede la cruz dorada que cuelga de la capilla mayor.


                   También en su interior se hallan, en sus respectivos altares: una talla cubana de San Roque, donada por Antonio Carballo en el siglo XIX y otra mejicana de San Antonio Abad adquirida en el Puerto de Campeche en el XVIII. Otras imágenes más recientes son la de San Antonio de Padua y San José, situados en sendas ménsulas en el arco toral. Cubren sus paredes las telas del palmero Juan Manuel de Silva: Santiago Peregrino, San Cristóbal y los arcángeles Gabriel y Rafael, procedentes de los desamortizados conventos dominicos de la capital. Otra bella tela de una Piedad cubre parte de la sacristía, donde se guarda la cabeza del Crucificado, última obra que realizó el célebre sacerdote liberal don Manuel Díaz Hernández (1774-1863). El resto del cuerpo está en la Parroquia de La Encarnación de esta ciudad con una nueva cabeza de Aurelio Carmona.


                   Gracias a la espontánea, insólita y unánime petición y movilización vecinal, este legado artístico- histórico- cultural- religioso, que se encontraba en un lamentable estado de deterioro y abandono, se ha ido restaurando y rescatando, aunque queda aún mucho por hacer. No ayuda nada el hecho que la ermita inconcebiblemente esté cerrada al culto y a las visitas. Tan sólo está abierta durante los días de su fiesta. El Barrio de “La Canela”, desunido por ese motivo, recuperará así, y de una vez por todas, su símbolo más preciado del que jamás quiso desprenderse.

 

JOSÉ GUILLERMO RODRÍGUEZ ESCUDERO