NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO
IGLESIA DE SANTO DOMINGO DE GUZMÁN
SANTA CRUZ DE LA PALMA.-

 

              El fabuloso templo se erige sobre la antigua iglesia del Convento dominico de San Miguel de Las Victorias, un cenobio que fue convertido en un verdadero panteón de conquistadores y descubridores del Nuevo Mundo. Se levantó en los aledaños de la primitiva ermita fundada en 1530 por Fray Domingo de Mendoza, evangelizador del Nuevo Mundo, y dedicada por el Adelantado Fernández de Lugo al Patrón de la Isla.
              Este suntuoso recinto cuenta con espléndidos retablos barrocos. El más antiguo es el de la capilla de La Virgen del Rosario, “muy aumentada en el aseo y riqueza de retablo, lámpara y otras alhajas”. Fue realizado en 1660 por don Andrés del Rosario y su hijo, don Lorenzo de Campos. Por este magnífico trabajo recibieron 5.000 reales, “pagados con las limosnas de dinero, pan, vino  azúcar que prometieron los hermanos de la cofradía”.
              Para la elaboración del bello retablo se utilizaron 40 tozas de viñátigo y como nos recuerda don Jesús Pérez Morera, “cortadas en 1658 en los montes de Breña Baja”. El mismo profesor nos confirma: “su traza, claramente manierista, parece derivar de la portada del tratado de arquitectura de Andrea Palladio”.
              El ático tiene un cuadro de Dios Padre colocado en 1664-1666. Es posible apreciar la influencia, tanto en líneas como en decoración, de la cercana portada principal de la Parroquia Matriz de El Salvador (1585).
              La planta de la iglesia se completó, a finales del siglo XVI, con la adición de la citada capilla de El Rosario, que es la segunda colateral de la Epístola. A su fábrica mandó doña Esperanza Fernández de Aguiar dos doblas en 1594. En ella, el pueblo va “mucho mas en la devoción a rezar el rosario, cuyo santo ejercicio ha permitido la misericordia de Dios que se haya restituido con tanto fervor que es el milagro de milagros…” 
              El Camarín de la Virgen fue construido entre 1697-1698 bajo la dirección del maestro don Domingo Álvarez, “a quien los regidores del cabildo llamaron a sala en 1697 para que dispusiese por fuera la cañería que conducía el agua al puerto”. Su costo total ascendió a 7.323 reales, sufragados en su mayor parte por las dádivas de los feligreses y vecinos en general. Esta acción de engrandecimiento transformó la iglesia y el convento en la más completa muestra del barroco de todo el Archipiélago. En uno de los laterales de la capilla mariana se encuentra el exvoto pictórico marinero más antiguo de España.
              La imagen de Nuestra Señora del Rosario había recibido hasta entonces la veneración popular en el altar de la capilla de La Soledad, costeada por don Gonzalo de Carmona, mercader y almojarife de La Palma y su sobrino, el licenciado don Diego de Santa Cruz. Es la  primera colateral del Evangelio, donde consta se hallaba en 1589.
              Uno de los más fervientes devotos de la Virgen fue el prior del monasterio, muerto en loor de santidad en 1716, Fray Francisco de Lima y Roxas, quien también contribuyó al majestuoso acabado del templo con su exquisito gusto. Así mismo sucedía con Fray Andrés Perera, fallecido en 1708, dejando entre sus bienes 100 libros de oro, 50 de plata y 400 pesos escudos, a fin de finalizar el dorado de los altares del sagrado recinto.
              A principios del siglo XVIII, el templo de San Miguel de Las Victorias se convertía así en uno de los más suntuosos de las islas, con cátedras de filosofía, teología, brillando también en las artes y las letras.
              La actual imagen de vestir de la Virgen del Rosario, de tamaño natural, está esculpida por el prestigioso y afamado imaginero orotavense Fernando Estévez del Sacramento en 1832, un magnífico trabajo que había sido solicitado al maestro tinerfeño por la comunidad de dominicos.
              En los últimos tiempos han cobrado mucho interés las andas de baldaquino que pertenecen a la Virgen del Rosario, ejecutadas en el último trienio el siglo XVII, una bella pieza en la que encontramos, quizá, el precedente en el que Pedro Merín se basó para su tabernáculo de Santo Domingo de La Laguna. La importancia de esta obra ha sido expuesta por la profesora doña Constanza Negrín, quien restituye uno a uno a todos los artesanos que tuvieron que ver en la misma.
              El mayor interés de la obra, aparte de su elegantísima factura y de su posterior importancia para la plata canaria, es que a los autores a los que tradicionalmente se había atribuido, Silvestre y Diego Viñoli, orotavenses afincados en Santa Cruz de La Palma, hay que unir al platero Diego Agustín de la Torre Betancur, que realiza la peana, los brazos y las estrellas del cielo.
              Este autor, del que no se conoce más obra documentada, podría ser así mismo, la mano hacedora de piezas similares, tanto en La Palma como en otras Islas, dando así al descubrimiento de la mencionada profesora el interés de haber abierto un nuevo foco de investigación.
              La preciosa efigie se halla rodeada por una enorme aureola de plata, un sol elíptico de ráfagas muy prietas. Va revestida con amplios ropajes y gran manto y un valioso rostrillo. Lleva lujosas prendas, dádivas de devotos agradecidos por su intersección ante conflictos personales.
              El Niño Jesús que lleva en sus brazos es obra del imaginero don Aurelio Carmona López, escultor más sobresaliente de todos los que florecieron en La Palma en la segunda mitad del siglo XIX. La hermandad del Santísimo Rosario, ante lo pequeño del niño que se poseía, determinó encargarle al artista palmero la hechura de uno nuevo, mayor, que guardara una mejor proporción con la Virgen y  esculpió una fiel reproducción del que porta la imagen de gloria  de Nuestra Señora del Carmen de la parroquia de El Salvador, obra también, como la del Rosario, de Fernando Estévez del Sacramento.
              Se ignora la fecha exacta de la fundación de la Cofradía del Santo Rosario, encargada de hacer la “Fiesta de la Naval” con procesión por las calles y su octava; “salve y letanía todos los primeros domingos de mes, por la tarde, y los entierros de sus congregantes con un aniversario general por los mismos”. Sus nuevas constituciones fueron aprobadas por Real Orden de 4 de abril de 1862, “en las cuales se hace protesta de que, al reorganizarse bajo nuevas reglas, se hace con la antigüedad del año de 1530”.
Su Majestad la Reina Doña Isabel II, en Real Orden de 11 de septiembre de 1862, se dignó aceptar el cargo de Hermana y Camarera Honoraria que le fue propuesto por esta Cofradía.
              El día 5 de octubre de 1729 comenzó a hacerse en esta ciudad la procesión de la Virgen hasta la Cruz del Tercero, en la Plaza de la Alameda; se originaron varios pleitos porque “los frailes se excedieron de su territorio, saliendo del círculo acostumbrado”.
El Provisor y Gobernador del Obispado, don Luis Manrique de Lara mandó que los frailes eligiesen las calles, y que, elegidas, quedasen demarcadas para siempre, y los religiosos señalaron “las que se han venido siguiendo, que son las mismas de cualquier procesión general”.
              Otro dato curioso nos da una idea de la importancia que tuvieron las Fiestas del Rosario, llamadas también de “La Naval”. La sociedad “El Electrón”, fundada en la capital palmera para el suministro de luz eléctrica a la población, debía encender el alumbrado público: “en dos de los tres días de Carnaval, Domingo de Piñata, Nochebuena, Vísperas de las Fiestas de La Naval y San Francisco… incluso los festejos que se celebraran cada cinco años con motivo de la Bajada de la Virgen…”  Recordemos que Santa Cruz de La Palma fue la pionera en Canarias en tener, entre tantos otros avances, luz eléctrica.
La Virgen desfilaba procesionalmente por las empedradas y empinadas calles de los barrios colindantes a la iglesia en los días 6 y 7 de octubre de todos los años. En estas últimas ediciones tan sólo lo ha hecho el día de su onomástica. Todo un espectáculo artístico que se ha desarrollado entre la devoción ancestral de un pueblo que, ambiguamente, no olvida sus tradiciones pero, lamentablemente, sí las deja morir. Aquellas Fiestas de la Naval competían en espectacularidad con las de San Francisco de Asís, también de la capital palmera. Eran tiempos de loas, cuadros plásticos, banderas, mantones, altares efímeros, reuniones vecinales para limpiar las calles y embellecerlas con gallardetes y damascos, etc., en un tiempo donde el pueblo orgulloso y diferente se unía en este dulce “pique” para demostrar a propios y extraños de lo que era capaz. Lamentablemente esto ya ha acabado. El pueblo palmero, poco a poco, está perdiendo su identidad y esto, irremediablemente llevará a convertirlo en uno más, en una copia clonada de otro pueblo cualquiera falto de la gloriosa historia que el nuestro sí ha tenido.

 

JOSÉ GUILLERMO RODRÍGUEZ ESCUDERO
SANTA CRUZ DE LA PALMA